Go Spurs, go revolution

Huertas metía ayer una canasta imposible que metía al Barcelona en la final de la liga ACB. El talento volvía a aparecer, y un jugador que participa de esta característica daba un triunfo ante un equipo que hizo todo lo posible por vencer (aunque la temporada ha sido más que satisfactoria para el conjunto valenciano). Imaginemos un equipo que hiciera del talento su seña de identidad. Un equipo que, ante los alardes físicos, practique en el baloncesto algo parecido a lo que sería jogo bonito. Y, para colmo, imaginemos que ese equipo es entrenado por alguien que se ha caracterizado en un momento de su vida por practicar un baloncesto defensivo.

San Antonio Spurs cuenta con una columna vertebral madura, y los despliegues físicos han de quedar a un lado. Ante un baloncesto cada vez más físico, con jugadores que son extraterrestres (Durant o James), un equipo se da cuenta que la forma de desactivar un entramado físico y defensivo es mover el balón. Una auténtica revolución, porque supone un cambio en la forma de entender el negocio NBA.

Stern, comisionado-jefe de la NBA, que logró llevar este proyecto hasta lo más alto, pronto se dio cuenta de que era más atractivo un Magic vs. Bird que un Lakers vs Boston. Y se otorgó a las estrellas un tratamiento descomunal, hasta el punto de cobrar cantidades que dificultaban la coexistencia en el mismo equipo de dos o más estrellas. Los equipos se construían sobre “jugadores franquicia”, a los que se les sazonaba con algunos complementos, algunos mejores que otros. Por ello fue tan sorprendente el big three de Miami, una pequeña revolución en la liga. Lo importante era la estrella, siendo el equipo el que se adhería a la estrella.

Con todo es cierto que algunos equipo tienen resistencias en manejar este proyecto en toda su pureza (pensemos en Boston), pero las estrellas y sus estelares combates fueron el sustento de la NBA. De repente, llegó una revolución, porque apareció un EQUIPO. Un equipo en el que todo movimiento se consagra a ocupar espacios, espacios que son variados en importancia en función de un tránsito de balón veloz, distrayente, pero intencionado y dañino. Si aparece Haslem le cargamos a Duncan; pero además, cualquier posibilidad de ataque es ejecutada por CUALQUIERA, y esa es la verdadera revolución.

Han acabado con un 52,8% de tiro de campo. El banquillo ha anotado en la final 176 puntos, contra los 89 de los Heat. Y Ginóbili ha hecho un mate descomunal, y Leonard ha sido MVP, y Wade no ha estado a la altura, y Bosh ha padecido alergia a la zona; y, una vez más, Lebron ha demostrado que es el mejor jugador del mundo, aunque su impotencia se manifestaba en unas lágrimas que reconocían que su equipo, como cuando estuvo en Cleveland, no había estado a la altura (el año pasado ganan gracias a un triple que solo podía anotar alguien como Allen, retrasándose más allá de la línea de triple en un lateral sin apenas mirar el suelo). El mejor había perdido ante el mejor equipo, y una sonrisa aparece en todos los que amamos el juego colectivo.

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