RESIGNACIÓN

He estado un poco desconectado del blog, y es que hay ocasiones en la que la inspiración vuela, y lo único que haces es comerte la cabeza, olvidando los placeres de la vida, hasta que caes en una forma de ver la vida que te sirve de mucho: la resignación.

Lo primero que hemos de hacer es escapar de toda acepción religiosa del término. En especial en su vertiente más estoica. Desde este punto de vista la resignación sería cierto inmovilismo desde dos perspectivas: (1) Por un lado esta resignación conlleva el inmovilismo del agente, puesto que no se ve suficiente para realizar o intentar realizar sus proyectos ya que, en multitud de ocasiones, (2) se considera limitado en comparación con un ser superior que maneja sus designios.

Otra manera de resignación, que no descarta la anterior, se daría en personas que observan que sus deseos no llevan el camino de cumplirse, puesto que (3) su forma de vida no le permite realizarse tal como pretendía o realizar sus deseos; en otro sentido otro (4) se ha dado cuenta que la realización de sus deseos, a pesar de sus acciones, no dejan de ser anhelos, al precisar de acciones externas a él para su cumplimiento. En estos casos lo mejor puede ser resignarse, pero intentemos “retorcer” el término para sacar lo positivo.

Re-signar-se consta de tres partes, y vamos a centrarnos en el sema. Signar tiene una clara noción religiosa, pero su primera acepción era poner el signo, un signo que, como tal, es individual, particular, etiquetar, hacer tuyo. Cuando uno signa un contrato uno se hace parte de ese contrato. Cuando uno se signa a si mismo el verbo sería signarse. Cuando uno se autentifica se signa a si mismo pero, ¿no es eso todo lo que hacemos a lo largo de una vida?

Cualquier acción nos muestra el carácter. De hecho, son los términos más concretos los que atribuyen más carácter. Honesto siempre aporta más que ser calificado de bueno. Por tanto nuestra vida es una forma de autentificarnos. ¿Por qué debemos de, siguiendo el argumento, resignarnos? ¿Si signarnos es autentificarnos, sería resignarnos algo como autentificarnos de manera repetida?

Creo que el argumento no va por ahí, ya que si aceptamos nuestra experiencia moral hemos de aceptar que a la resignación le acompaña un sentimiento de fuera de control, una sensación de títere entre fuerzas superiores. Ante este sentimiento podemos (1) buscar una posible justificación divina de la imposibilidad de realización de nuestros proyectos o (2) cambiar en algo nuestra forma de vida para que nuestra tolerancia a la frustración varíe desde nuestras mismas acciones. (1) es válida para creyentes, y no será el escribiente el que enjuicie la forma de consolarse frente a adversidades, más cuando son adversidades serias que erosionan lo más profundo de lo humano. Pero, permítaseme abogar por (2), que sería la otra forma de resignarse. Sería autentificarse frente a las adversidades, actuando en lo que puedas hacer algo con tal de afectar la situación, pero escatimando los esfuerzos de las cuestiones en las que tu acción no es una de las razones decisivas de su cumplimiento. Desde este punto de vista, una derrota de tu equipo de fútbol no debería impedir tener un fantástico día. Bien, que se puede objetar que no existe una posibilidad seria de controlar la emoción que se tiene ante la negativa de tu deseada “a” frente a tu declaración de amor.

Si siguieramos (1) la razón sería de índole divina: Dios no quiere que “a” esté conmigo. Por el contrario, (2) nos lleva a sopesar si hemos realizado todas las acciones encaminadas a conseguir el deseo, concretado en “a”. Volvamos a la desactivación que pretendía argumentar lo incontrolable (heteronomía radical) de la emoción de decepción ante la negativa. Nos sentimos mal, ¿pero no estariamos peor si no hubieramos hecho todo lo posible para ello? ¿Acaso lo incontrolable no puede ser justificado desde un plano externo (ya que hemos hecho todo lo que podíamos), lo que ha de llevar necesariamente una menor reprochabilidad, incluso de nosotros mismos?

Desde esta perspectiva sí que podemos autentificarnos, pero será de forma novedosa, en cuanto que nos volvemos a construir para asumir lo deseable como anhelo, como fuera de nuestro marco de acción. El deseo frustrado deja de ser una ocasión perdida, porque una vez que estaba fuera de nuestras acciones no era ocasión, y en cuanto que no era ocasión no tenemos por qué cargar con el peso de haberla perdido. Y al volver a ser nosotros pero más conscientes del yo en cuanto mejores conocedores del grado de afectación de nuestro alrededor nos reconstruimos, con nuevos cimientos más poderosos, nos re-signamos, volvemos de un mal lugar en el que no debimos de estar, nos entregamos a nuestro lugar. Nota: en latín resignare se traducía por devolver o entregar.

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