APOLÍTICO

Siempre he sido un Zwon politikón, un animal político. Siempre me he puesto en una posición política marcada y la he defendido, creo que con cierta decencia y con espíritu crítico (uff, ya he dicho la ideología). Nostalghia defiende que la posición de un intelectual ha de ser estar fuera de la política. La cuestión reside en que cuando esta postura se reviste de poso teórico se transforma en una posición de fuerte carácter político. Estar fuera de la política por apatía, por dejadez o por ignorancia no se carga de una visión del mundo político, al contrario de la sensación que tengo en la actualidad (y defendida por Nostaghia). Creo que la clase política no está a la altura. Y no es un topicazo estúpido ni una carga de la gravedad actual de la que se lastran todos los pensdores. Es más bien un desencanto ante la falta de originalidad de las propuestas políticas. Aznar era consistente y coherente. Los de ahora son unos ridículos. Desde esta ridiculez la energía democrática, que se debería de usar en otras cosas, queda reducida a la negación de las premisas del otro que apelan a una fundamentación desde una idea de España que no se pone en cuestión desde el propio sistema y que al interrelacionarse con otros sistemas se muestra poco resistente a la crítica, por lo que los sistemas quedan cerrados en una justificación otorgada desde un sistema de argumentación, el propio, creado para validar la premisa que originó el sistema (un ideario). La política, por consiguiente, está herida. Tan herida que me parece ver una indiferencia generalizada frente a las cuestiones fundamentales. Esta indiferencia no significa que la gente no tenga una opinión, sino que no la tiene fundada. Si nos conformamos con creencias no justificadas en el campo de la política algo hemos perdido.

Una respuesta to “APOLÍTICO”

  1. nostalghia Says:

    Yo creo que hay varios problemas actualmente en la política que son los que están contribuyendo a esta apatía.
    El más importante: una política que va dirigida en abismo. Y me explico.
    Me ha hecho especial gracia, al hilo de las elecciones municipales y autonómicas, ver cómo muchos tildaban casi de generales los discursos políticos articulados por los candidatos. El hecho de obviar de forma notable los intereses sociales -especialmente importantes en el marco de los municipios- no es la mejor estrategia política para conseguir la victoria. Y pongo un par de ejemplos:

    – En la publicidad de mano con el programa del PSPV para la alcaldía, se hacía notar sin rubor alguno su intención de “continuar” con la imagen o la proyección internacional que tiene Valencia actualmente. Entonces, ¿De qué me sirve votarles? ¿Por qué no votar directamente al partido del gobierno? Es una negación de la posibilidad de alternancia política y, peor aún, una manifestación de su nulo esquema político, algo por otro lado habitual en una época de promesas incumplidas como la actual. En síntesis, una estrategia enfocada hacia lo populista que desvirtúa tanto el discurso de partido, como por otro lado las preocupaciones sociales, puesto que la información se hacía eco más bien de lo aparente, de la Valencia estéticamente bonita -término bastante discutible- y no de medidas de organización y gestión política.
    – Tenemos, por otro lado, el escaso interés por las reformas educativas -no olvidemos la salida de los primeros libros de “Educación para la ciudadanía”, apenas comentados- y por dos de los problemas más importantes para el español medio; paro e inmigración. ¿Qué soluciones han aportado los partidos a estos problemas? ¿Cómo frenar el flujo de inmigración que llega no solo de las costas, sino también por tierra y aire, y hacerlo así sostenible con las competencias de cada autonomía? De nuevo, no hay respuesta.

    Estos dos ejemplos me parecen significativos en cuanto señalan el desplazamiento político y la deriva hacia una serie de informaciones, promesas, discursos periféricos y prescindibles que no vienen a decir nada que no sepamos y, en cierto modo, nos interese. Esto se puede traducir en la excesiva querencia de la oposición por utilizar con fines partidistas cualquier evento o tragedia –de la visita del PP en campaña a Alcázar de San Juan, a las denuncias del candidato socialista de Madrid por presuntos tratos de favor del alcalde Ruiz Gallardón con la abogada de uno de los imputados en el tema de la corrupción inmobiliaria, pasando por el “escándalo” de la F-1.
    Si se quiere, se puede abreviar aún más con dos ejemplos sacados de un programa de televisión al que acudieron el presidente de la nación y el líder de la oposición a ser preguntados por los ciudadanos. Resulta lamentable que de las múltiples preguntas -algunas de ellas, de especial relevancia- el formato haya pasado a la historia por el precio de un café, y el sueldo de un político.
    De todo esto, se pueden inferir varias cosas: la primera, que existe una ruptura entre el discurso de gobierno/oposición y el discurso real de la ciudadanía, lo que se traduce en el nulo o escaso interés, así como en la práctica invisibilidad de ministerios tan importantes como el de trabajo o exteriores, cuando son preguntados por problemas como el del trabajo -cuánto, cómo y dónde- y el de la inmigración -cuántos, cómo y dónde-; la segunda, que no existe una ideología ni un programa político definido, lo que contribuye a esa polarización interna de los partidos que, eventualmente, incide negativamente a la hora de determinar el voto a favor de uno u otro partido. ; y tercera -y esta es la más subjetiva y discutible-, que los políticos actuales carecen de la preparación, formación y educación necesarias como para desempeñar de forma correcta sus funciones como gobierno y oposición. De nuevo, que debería existir, en una época tan proclive a los criterios de calidad, un baremo que discriminase entre gente capacitada y no capacitada para ejercer las funciones de mando, algo especialmente relevante cuando el objeto de gobierno es la masa de población, no un ejército de perros.
    El resultado de la suma de estos tres factores es negativo y, al menos en lo que a mí respecta, determinante para no ejercer el derecho al voto ni, en la medida de lo posible, identificarme ideológicamente con uno u otro partido -aunque, desde luego, sienta mayor respeto por una propuesta más clara y menos descentrada como la del PP, en detrimento de un partido demasiado indefinido y arbitrario como el PSOE-, lo que por otro lado, y en lo que respecta a los intelectuales, me parece algo peligroso.
    Nunca me ha gustado ver a alguien más inteligente, o con mejor capacidad argumentativa intentar convencer a la ciudadanía de que el partido al que representa es el mejor, el más bonito o el más eficaz, sobre todo por la falta de instancia crítica que ostentará -no dudo que de buen juicio vaya sobrado- y porque ejerce un servicio negativo. Su función es la de criticar y no aplaudir; hacer preguntas y no especular con respuestas. En cierto modo, es delegar demasiado en el sentido político sin previamente haber dirimido qué se puede entender por sentido político; y estos es algo que desvaloriza su capacidad como intelectual y lo integra más en una esfera de la “política actual”.
    En pocas palabras, que algo está fallando y nos apresuramos demasiado a la hora de mirar hacia el efecto y olvidar por el camino la causa. Hay que revisar lo político y ver si puede seguir llamándose así.

    Saludos! (ya era hora de que volvieras a la actividad bloguera)

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