CVUI: Lamentación (1)

Bernard Williams nos dice en La fortuna moral, p. 43: “La lamentación necesariamente implica el deseo de que las cosas hubieran sido distintas; por ejemplo que uno no hubiera tenido que actuar como lo hizo. Pero no necesariamente implica el deseo, tomando todo en consideración, de que uno hubiera actuado de otra manera. Un ejemplo de esto, muy independiente de los asuntos que nos conciernen actualmente, lo ofrecen los casos de conflicto entre dos cursos de acción, cada uno de los cuales se requiere moralmente, donde cualquiera de ellos, incluso si se considera que es el mejor produce lamentaciones, que en nuestros términos actuales son lamentaciones del agente sobre una acción realizada voluntariamente”. En el párrafo indicado vemos que no sólo lamentamos lo realizado bajo condiciones que podrían mermar nuestra decisión y hacerla “no racional”, sino que una decisión meditada  puede provocar igualmente la lamentación, que siempre aparece post eventum. Visto así llegamos a una conclusión desazonadora, tomada de Williams y del tipo: “…: aunque siente mucho que las cosas hayan salido como salieron y, en un sentido correspondiente con esto, desea haber actuado de otra manera, al mismo tiempo no desea haber actuado de otra manera, pues apoya los procesos de deliberación racional que lo condujeron a hacer lo que hizo” (p. 49).

Lamentamos tanto como actuamos. Hoy quiero mostrar que la vida es dilemática, conflictiva y desapaciguadora. Ello no supone que “esto sea una mierda” y que lo mejor es “pegarse un tiro”. Cierto es que sería de agradecer vivir en certezas, pero en los tiempos que vivimos todas las verdades son puestas en tela de juicio con tal de conseguir verdades más verdaderas, por lo que hemos de olvidarnos, desde un principio, de suelos firmes sobre los que edificar una vida a prueba de inclemencias.

Quisiera que hoy pensáramos que dudar no supone que seamos bestias. Si Dios es conciencia sin carencia y los animales son carencia sin conciencia, a nosotros nos ha tocado ser carencia con conciencia, y de esa carencia surge un límite: la imposibilidad de ser infalibles (salvo Ratzinger en cuestiones de fe).

Dicho así suena mal. ¿Nos equivocamos siempre? No necesariamente. Lo que sucede es que en muchas ocasiones la lamentación hace su trabajo. Las cuestiones de sentido más reflexionadas suelen rodearse de este desasosiego. Desde una perspectiva kantiana parece que este sentimiento no encaja. Bien es cierto que Kant reconoce que nunca somos conscientes del por qué actuamos. Estoy pensando en que para él cuando actuamos jamás sabemos si es por la buena voluntad. Lo que sí que debemos de tener claro es que un ser racional, para Kant, tendría siempre una opción que sería trascendentalmente derivada en el marco de su libertad sobre las premisas que ese sujeto posee. Dicho de otra forma, que desde la ilustración hemos interiorizado que ante una situación sólo existe una opción correcta y, aún más, que la lamentación, si hemos obedecido la derivación trascendental que ha de tener todo humano en cuanto que es racional, es un sentimiento “débil”. Nietzsche le pegará dos martillazos a estas afirmaciones.

La cuestión es: ¿Podemos considerar como “no adecuado” un sentimiento que surje de forma natural ante determinadas situaciones? No estoy hablando de una falacia naturalista (o sí, si retorcemos el término), estoy tratando la posibilidad de una mejor comprensión de nosotros mismos sobre la base de un mejor conocimiento de nosotros, con la intención de conseguir un reconocernos en actitudes que desde una perspectiva kantiana, desde “el sistema de moralidad” predominante, son valorados de forma negativa.

Ello no es tan sencillo como se puede pensar en un principio. Aceptar que existen momentos en los que cualquier actuación nos lleva a la lamentación conlleva una paralización del agente. ¿Por qué actuar si haga lo que haga me llevará a lamentar no haber hecho la otra opción ofertada por el estado de cosas?

Hemos llegado a uno de los posibles errores. El primer error, la paralización, se da por una mala aceptación de lo que el conocimiento de las situaciones de lamentación conlleva. Conocer la lamentación supone reconocerse como humano cuando se siente, no conlleva congelarse por el miedo a lo que será inevitable. Dicho de otro modo, el conocimiento de la lamentación sólo sirve para después de actuar. De otra forma el agente se ve coaccionado por lo que no es (ni tampoco se dará en un futuro), situación a todas luces no conveniente, porque la base del agente es actuar. Un agente que no actúa resulta sin valor en el mundo moral (Nozick).

En conclusión, que vamos a lamentar, y mucho, tanto hacer como no hacer, así que no dejemos de hacer por lo que surgiría del hacer, porque no hacer conllevaría lamentarnos de la posibilidad de hacer, además de perder valor, en cuanto que no actuamos. (Léase dos veces)

Mañana trataremos otro de los errores que la comprensión de la lamentación mal percibida nos puede llevar, a saber: el blindaje intelectual (o sentiemental).

2 comentarios to “CVUI: Lamentación (1)”

  1. qwertie Says:

    de verdad, pero ¡qué pelma eres!

    te crees que has descubierto la sopa de ajo. y la sopa de ajo es más vieja que ir a pie y, además, se repite que da gusto.

    anda, haz una desintoxicación o trasplántate el cerebro.

    de verdad, ¡qué pesao! si al menos fueras original y pesado…

  2. cuestor Says:

    Te agradezco tu crítica sincera (me consta) y tu argumentación detallada. Te animo a seguir por la línea que ofertas, porque de esa forma ahorras mucho trabajo al resto. No obstante gracias por el comentario y concedo la falta de originalidad, puesto que literariamente mis textos quedan bastante flojos. Gracias y espero que sigamos en diálogo.

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