REPRESENTAR EL HORROR

A continuación voy a tratar un tema filosófico de gran interés, al menos a mi parecer. No es la línea que se pretende seguir en este blog, pero creo que la discusión es tan interesante que hay que compartirla. Me ayudará en la exposición nostalghia. Nostalghia es un crítico de cine además de filósofo. Me encanta su redacción y, a pesar de que veréis que el estilo es diferente, no dejamos de ser grandes amigos, además de respetarnos (por mi parte hacia él seguro) intelectualmente. Comienza un diálogo entre filósofos. En primer lugar el tema será expuesto maravillosamente por nostalghia. A continuación hay una respuesta del ilustrado que comanda esta página. Nunca os pediré ayuda de forma más sincera que en este momento. Necesitamos ayuda para saber si el horror se puede representar. Gracias. 

LA POSIBILIDAD DE LA REPRESENTACIÓN por nostalghia

En una serie de grabaciones de clases introductorias a la filosofía, el autor alemán Theodor W. Adorno se preguntaba por el sentido de ésta, de las cosas, y para ello, entre otras muchas aportaciones, recordaba un episodio de su niñez en el cual vio, mientras paseaba por la calle, el carro del desollador local con una pila de perros muertos dentro, lo cual motivó la pregunta, promovida por la máquina hermenéutica, ¿Qué es esto?, ¿Qué sentido tiene?, ¿Somos nosotros cadáveres en realidad?

 

Los márgenes de esta pregunta se ampliaron con el hecho que supuso la experiencia en los campos de concentración para la comunidad judía y la comprobación empírica de que las fórmulas que proclaman el bien y el amor entre los hombres, el humanismo (crisis de la modernidad y hundimiento del paradigma ilustrado), suelen conseguir el mal y el odio, la prosecución de lo inhumano, tanto como las que se entregan al amor fati.

 

La pregunta de Adorno encierra en sí esa cuestión hermenéutica, esto es, interpretativa que me gustaría orientar hacia otra cuestión, ligada tanto con la experiencia de la barbarie, como con la cultura, esto es, ¿Es posible la representación del horror?

A medida que los años han ido silenciando los ecos de la barbarie de forma anestésica, no han sido pocos los que han denunciado que ese falso estado de progreso, de humanismo, no deja de ser un mecanismo ilusorio que enmascara una realidad nada progresista. Como señalaba Jean Améry, no han sido buenos años. Basta con leer los informes de Amnesty International para percatarse de que este lapso de tiempo, en cuanto a horrores, rivaliza con las peores épocas de una historia tan real como desaforada. A veces se diría que Hitler ha conseguido un triunfo póstumo. Invasiones, agresiones, torturas, destrucciones del ser humano en su esencia. Las señales abundan. Checoslovaquia 1968, Chile, evacuación forzada de Pnom-Penh, los manicomios de la unión soviética, los escuadrones de la muerte en Brasil y Argentina, las estructuras estatales que se definen “socialistas” y que se desenmascaran por sí solas en el tercer mundo, Etiopía, Uganda. ¿A qué viene, a estas alturas, mi tentativa de reflexión sobre la conditio inhumana del tercer reich? ¿No está ya todo superado?

También Jean-Luc Godard en su Histoire(s) dú cinema ponía el acento en ese mecanismo mediante el cual podíamos comprobar cómo en las plateas los bailes de Fred Astaire y Cyd Charisse ocupaban la cuota de pantalla que el documental in situ de los campos de concentración que George Sidney realizó por encargo no podía ocupar. La superposición de planos enmascaraba bajo una política del new deal el estado de las cosas.

Poco a poco, y de forma silenciosa, se han ido deslizando entre las exterioridades de estos planos, una serie de constelaciones que han puesto el acento en las connotaciones de esa barbarie. Como muestra, una pequeña reflexión que el autor piamontés Primo Levi recordaba evocando a Simon Wiesenthal, muchos sobrevivientes recuerdan que los soldados de las SS se divertían en advertir cínicamente a los prisioneros: De cualquier manera que termine esta guerra, la guerra contra vosotros la hemos ganado; ninguno de vosotros quedará para contarlo, pero incluso si alguno lograra escapar el mundo no lo creería. Tal vez haya sospechas, discusiones, investigaciones de los historiadores, pero no podrá haber ninguna certidumbre, porque con vosotros serán destruidas las pruebas. Aunque alguna prueba llegase a subsistir, y aunque alguno de vosotros llegase a sobrevivir, la gente diría que los hechos son demasiado monstruosos para ser creídos: dirá que son exageraciones de la propaganda aliada, y nos creerá a nosotros, que lo negaremos todo, no a vosotros. La historia del Lager seremos nosotros quien la escriba.

Me interesa este pequeño texto en tanto que, en cierto modo, enlaza con la propuesta de partida y, además, recalca el carácter monstruoso, el contexto de incredulidad ante el interlocutor que es interpelado por la experiencia de los campos de concentración, esto es, la imposibilidad de poder responder a la pregunta ¿Por qué esto? ¿Por qué Auschwitz?

Esta pregunta lleva adherida la pregunta por la posibilidad de representar el horror, ese horror que impide a Jean Améry volver a leer y sentir la poesía de Hölderlin del mismo modo a cuando la leía en sus años de aprendizaje; ese horror que viene sintetizado en el carro de los perros muertos, que hiede como la música de acompañamiento con la que los verdugos de Auschwitz tapaban los gritos de sus víctimas. El que consiguiera acordarse de lo que le sugirieron, cuando las oyó, las palabras cloaca y cerdada, se hallaría ciertamente más cerca del Saber absoluto que el capítulo de Hegel, que, después de prometérselo al lector, se lo rehúsa soberanamente.

Así pues, la propuesta puede verse sintetizada en el diálogo que los intelectuales Claude Lanzmann y Jorge Semprún mantuvieron en torno a las posibilidades de representación. Como se recordará, Lanzmann dirigió Shoah, film de más de diez horas de duración en el cual su director devolvía (gesto simbólico y a la vez representativo) la voz a los que no pudieron hablar, a las víctimas; pero también se la otorgaba (difuminando el estatuto de autoridad moral) a los verdugos, a todas aquellas piezas de engranaje del mecanismo que no habían corrido la suerte de otras piezas (como Eichmann). A través de los recuerdos, entrevistas, declaraciones e interpelaciones directas, Lanzmann construía esa constelación que, entre otras cosas, pudiera responder a la cuestión hermenéutica; y lo hacía sin recurrir al archivo, sin necesidad de mostrar la barbarie en su estado material, mediante los cadáveres, los esqueletos vivientes o las fosas comunes previas a la incineración; mostrando lugares de innegable evocación bucólica, arboledas bajo las cuales nadie pensaría que late el principio de posibilidad del horror.

 

En Lanzmann, la materialidad del horror eran los recuerdos, la hermenéutica de los signos, del cierre de plano, suspendido en el tiempo más de lo necesario, de la mirada altiva del verdugo, y su cháchara prolija en detalles.

 

Desde la otra perspectiva, Semprún, ex máximo dirigente del PCE, ex ministro de educación y cultura de la primera época socialista española y sobreviviente de los campos de concentración no parecía tenerlo tan claro. Desde luego, no hasta el extremo de señalar una posible vía de representación material, pero sí para poner en duda la imposibilidad de ser representado.

 

Por ello, desde una y otra posiciones late la misma pregunta en torno a la representación que, de forma ostensiva, ha sido relativizada desde diferentes medios. Posiblemente, la salida más fácil de esgrimir en este contexto sea achacar a cierta sinonimia mal comprendida del concepto horror, la banalización que acarrea en el contexto del cine, la literatura o, incluso, la música. Personalmente, lo encuentro erróneo, puesto que de ese modo se procede a atribuir un estatuto de privilegio a una interpretación sobre otra, jerarquizando de ese modo la cuestión de raíz; en cambio, sí creo conveniente poner el acento en el concepto, en el significado de horror, en su experiencia y transposición material o, en concreto, en sus posibilidades de experiencia.

 

Ya hemos observado cómo la cultura se halla imbricada en la barbarie, cómo se le ha venido atribuyendo el carácter totalitario a la obra de Wagner debido a la corrupción de su música que supuso el empleo por parte del tercer reich; cómo se ha procedido a la exaltación del imperio por parte de la obra de Leni Riefensthal, o la condena velada por parte de las postreras obras alemanas de Fritz Lang. En este sentido, creo lícito concluir la exposición con tres ejemplos provenientes del mundo del arte en los que tanto en el fondo como en la forma se halla presente el concepto de horror.

En el primer caso, se trata de la descripción que Jean Améry hace de la tortura en su libro Más allá de la culpa y de la expiación. Tentativas de supervivencia de una víctima de la violencia.Extraído del capítulo titulado La tortura, página 96. Editorial Pre-textos, Valencia, 2001.Del techo abovedado del búnker colgaba una cadena que corría en una polea, de cuya extremidad pendía un pesado gancho de hierro balanceante. Se me condujo hasta el aparato. El gancho estaba sujeto a la cadena, que esposaba mis manos tras mis espaldas. Entonces se elevó la cadena junto con mi cuerpo hasta quedar suspendido aproximadamente a un metro de altura sobre el suelo. En semejante posición, o más bien suspensión, con las manos esposadas tras las espaldas y con la única ayuda de la fuerza muscular, sólo es posible mantenerse durante un período breve en una posición semi-inclinada. Durante esos pocos minutos, cuando ya se han consumido las únicas fuerzas sobrantes, el sudor nos cubre la frente y los labios y comenzamos a resoplar, no se podrá responder a ninguna pregunta. ¿Cómplices? ¿Direcciones? ¿Lugares de encuentro? Estas palabras apenas son audibles. La vida recogida en un único, limitado sector del cuerpo, es decir, en las articulaciones del húmero, no reacciona, pues se encuentra agotada completamente por el esfuerzo físico. Un esfuerzo que ni siquiera en personas de constitución robusta puede prolongarse mucho. En cuanto a mi respecta, tuve que rendirme pronto. Oí entonces un crujido y una fractura en mis espaldas que mi cuerpo no ha olvidado hasta hoy. Las cabezas de las articulaciones saltaron de sus cavidades. El mismo peso corporal provocó una luxación, caí al vacío y me encontré colgado de los brazos dislocados, levantados bruscamente por detrás y desde ese momento cerrados sobre la cabeza en posición torcida.

En el segundo caso, se trata de la propuesta de escucha de la pieza del autor polaco Krzysztof Penderecki Threnody for the victims of Hiroshima.

http://www.goear.com/listen.php?v=2ea3333

Y por último, rescato una imagen del documental sobre el holocausto realizado por el francés Alain Resnais Nuit et bruillard.

 

RESPUESTA DE CUESTOR

 

Representar el horror es válido subjetivamente, la cuestión es si existe una forma de representación intersubjetiva o, permitáseme ser más pretencioso, una representación objetiva.

 

Creo que podemos poner al mismo nivel intersubjetividad y objetividad en el asunto que nos ocupa, ya que en este caso la comunicación del horror de forma intersubjetiva podría considerarse como la posible objetividad del horror, sin entrar en cuestiones más aporéticas acerca de la inducción y sus problemas.

 

Centrémonos, por consiguiente en la posibilidad intersubjetiva de representación del horror o, dicho de otra forma, la posibilidad de una subjetividad de transmitir el horror de forma representacional a otra subjetividad.

Si la subjetividad se caracteriza por algo es por contraponerse a la objetividad, dicho de otra forma, por no poder identificarse una subjetividad con otra.

Desde esta premisa hemos de construir la subjetividad como diferente constitutivamente de otra subjetividad. Sobre la diferencia constitutiva construiremos una diferencia de aprehensión, ya que lo constituido de forma diferente ha de aprehender de manera diferente.

 

En cuanto la aprehensión es diferente habremos de considerar que la captación de representaciones se da de forma diferente. Pero una cuestión que no es definitoria en el coche que me viene y me puede atropellar, ya que todos seremos conscientes del riesgo que supone esa situación, se complica en los estados de ánimo.

El horror es un estado de ánimo articulado de forma involuntaria, por lo que el resorte que lo inicia escapa mayoritariamente a nuestra voluntad. La última cuestión es si otro puede hacer saltar ese resorte.

 

Si a uno mismo le cuesta imaginemos lo que cuesta a alguien que no conoce en primera persona nuestros miedos. Puede darse, por azar, una afinidad en los resortes, incluso que por haber tenido una constitución parecida (educación, contexto social,…) se tengan resortes parecidos.

 

Pero ello no es óbice para rechazar la posibilidad de inersubjetividad representacional del horror, en cuanto no se puede obligar a otro a sentir horror ante una representación.

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