LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD

El jueves tuve el privilegio de presenciar la televisión a las 19:30. Me alegró el apego a la verdad que se muestra en nuestro entretenimiento, en especial en las privadas clásicas, a saber: Antena 3 y Telecinco.

En los dos canales se daba la lucha entre el interrogado y el polígrafo, entre la verdad y la falsedad. Temas tan apasionantes como si la “veneno” se acostó con Brad Pitt son diseccionados con la sutileza de un cirujano con un bisturí. Por cierto, el polígrafo negó que la “veneno” se hubiera acostado con Pitt. Ciertamente que el dilema era de magnitud incalculable, la Jolie o la “veneno”.

Esto me hace cuestionarme la aprehensión que tenemos de la verdad en la actualidad, y a qué se debe que una aserción, inicialmente verdadera se cuestione hasta la saciedad, hasta el punto de dudar sistemáticamente de su veracidad y contrastarla con el polígrafo.

¿Por qué se miente más? ¿Está la mentira mejor vista que antes? Una visión comunitarista nos haría preguntarnos si mentimos más a causa de no sentirnos ob-ligados con el resto. No creo que los tiros vayan por ahí. Cito a Bernard Williams al tratar la mentira en la sociedad:

“Si nos proponemos decir que algunos de sus enunciados son falsos, no sólo en el sentido esporádico en el que todo el mundo hace enunciados falsos, sino sistemáticamente falsos, entonces tendremos que ofrecer una interpretación que permita la posibilidad de mostrar que esa dimensión global está mal fundada y que explique al mismo tiempo cómo es que pueden dar sentido a su entorno en esos términos (WILLIAMS, 2002).

Es decir, esta creencia en la falsedad por sistema supone una revolución antropológica. Asumimos la mentira en la teletienda, en la tiendas de ropa cuando nos dicen lo bien que nos queda la chaqueta una talla mayor y en la cama cuando expresamos a nuestro amante lo extraordinario de su líbido y actuación. Ello supone un desencantamiento respecto a lo que se ha antepuesto como una justificación metafísica: que lo humano tiende a la verdad.

Mentiras piadosas hemos dicho todos, como lo bien que les quedaba a nuestras parejas esa horrible camisa o lo bien que se le ve a alguien que está a punto de morir. La cuestión surge cuando la mentira se institucionaliza, porque, además de mentir y a causa de la habitualidad de la falsedad, se acaba por reducir el reproche ante la mentira, y ello a su vez alimenta de nuevo a la mentira en un circulo vicioso que reduce los efectos de reproche de la mentira sobre la sociedad, pero en ningún caso reduce lo indeseable de la falsedad.

Mención aparte merecen los políticos. Analicemos la verdad o falsedad de “Todos los políticos mienten”. Sólo puedo sobrecogerme ante la obviedad de  la respuesta.

Bueno, aquí quedo pidiéndote que me mientas: dime que me quieres.

Una respuesta to “LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD”

  1. nostalghia Says:

    A mí lo que me llama la atención del caso es el estatuto metafísico que se han cobrado ambos conceptos (verdad y mentira) y que, si no me engaño, empieza a ser ya el más utilizado para, en el fondo, encubrir el proceso de mentira institucionalizada del que tú te haces eco.
    El ejemplo frívolo podría ser el de los programas sensacionalistas que, apelando a un diseño del escenario científico (primera cosa a reprochar, por sumamente falaz) apelan tanto a la “verdad” como a desenmascarar la posible “mentira”. Especulemos. ¿Estaría alguien dedicado a la ciencia de acuerdo? La respuesta es no, primera por los presupuestos con los que pueden venir cargados ambos conceptos; y segunda, por la gran cantidad de sesgos en la “investigación”.
    Esto, que no lo dudo, aplicado al caso del sensacionalismo es ciertamente frívolo, ya no lo es tanto cuando elegimos como marco de aplicación la vida real, los conflictos, casos, juicios, etc. Y en este plano, por supuesto, podemos hacernos eco de las investigaciones en torno al 11M.
    De nuevo, especulemos. ¿Qué verdad se busca? La Verdad, con mayúscula; la solución; un acercamiento a la verdad; Según de qué pie cojee cada cual dirá una de las tres propuestas o, incluso, añadirá otra nueva.
    Esto lo único que certifica son varias cosas: 1) Antes de criticar los procesos de investigación judicial-científica más valdría que se leyesen los compromisos investigadores de la ciencia (o, para el caso, el capítulo en el que Karl Popper habla sobre “La responsabilidad moral del científico” en “El mito del marco común”) o, como mínimo, pudiesen explicar a qué se refieren en sus demandas (¿Qué verdad queremos?) y, lo más importante, sería conveniente que supieran qué entrañan cosas como “el peso de la prueba”, la misma “prueba” y todo lo que pueda ser circunscrito a ésta. Sólo así entenderán que un proceso de investigación no puede ser desbaratado por argumentos que apelan al futuro (¿Qué peso puede tener el futuro?), por el no-argumento (lo que dice es una mentira, de corte metafísico) o, la peor de todas, por apelaciones a las emociones.
    En síntesis, el panorama es feo. Tal y como está dibujado el marco actual, se ha procedido a una institucionalización tanto de la verdad como de la mentira, de corte metafísico (con las implicaciones ontológicas que cada cual desee) que en poco o nada puede ayudar a discernir desde el boli prolongado en alambre de La máquina de la verdad a casos tan serios como los juicios por el 11M.
    Williams tiene razón; con este arma dan “tanto sentido a su entorno, como a la vez promueven una revolución social”, la antropológica espero que no. Y mientras, Quine y Popper se estarán revolviendo en la tumba (o a lo peor, descojonándose de risa).

    Un abrazo, Óscar

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