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EL PROCESO DE PAZ

noviembre 30, 2006

Empiezo con algo pretencioso y de lo que he hablado con muchos. Del “mal llamado proceso de paz”. No, no me he convertido al giro COPEnicano, pero creo que las palabras, cuando se usan mal, pueden distorsionar nuestra percepción de la realidad. De igual manera que no me agradó el término “tregua” he de pronunciarme sobre el “proceso de paz”. Estamos ante un “alto el fuego unilateral”. Sólo han caído de un lado (y no empecemos a apelar al GAL, ya que una vez juzgado el reproche ha de desaparecer), y para mí, un proceso de paz exige simetría entre los componentes del proceso.

En segundo término querría exponer los que son, a mi parecer, los tres aspectos innegociables de este proceso (lo llamaré así aunque con las reservas señaladas anteriormente).

En primer lugar, debe de pedirse perdón por parte de los asesinos. Cualquier progreso en otra dirección implicaría una justificación con carácter retrospectivo de los asesinatos que se han dado, aspecto completamente inaceptable por humanidad y por ser inconcebible para toda persona normal.

En segundo lugar, es inaceptable una amnistía para delitos de sangre. El que lleva la tragedia a una familia por un ideal ha llevado a cabo un equiparamiento entre un ideal político de escasa relevancia en relación a la vida de una persona. No se puede aceptar igualar ideal, que por definición puede ser correcto o no, a una vida, que se está dando de forma inequívoca en la realidad. Cabría añadir la doctrina penal de los bienes jurídicos protegidos.

En tercer lugar no se puede llevar a cabo ninguna concesión territorial, menos de colectivos que no se identifican en absoluto con el problema (pienso en Navarra). Si comenzamos a buscar el origen de los estados-nación observaremos que es por guerra, matrimonio o capitulaciones. No demos vueltas a lo que se nos presenta como dado. Lo contrario supone enjuiciar aspectos en los que los presentes no hemos participado, por lo que no somos responsables ni tenemos la obligación de cambiar.

En otro orden de cosas se debe aceptar que el tiempo que llevamos sin muertes es un bien en sí mismo. El proceso supone que no ha muerto gente, y de la misma manera que no he aceptado que un ideal mate a un ser humano tampoco aceptaré que haya gente que prefiera una situación de muertes antes que negociar, porque, en un nivel muy inferior al anterior, aparecen como personas que anteponen un ideal a poner en riesgo la vida de otros y en ocasiones la suya misma.

Dentro de ese grupo aparecen también los afectados por los asesinatos. Cuando proclaman que no quieren negociar no parecen ver que si no se negociara seguiría habiendo riesgo para que otros padezcan lo que ellos ya sufrieron. La negociación, aunque sea sólo para que no siga muriendo gente, está legitimada, y los que defienden la no negociación se aprovechan de que la extensión de la amenaza se concreta en un amplio colectivo, ya que si se diera sólo en los que niegan la negociación quizá actuarían de otra manera, aunque sólo fuera por racionalidad. En caso contrario serían héroes, y tendrían toda mi admiración. Pero lo que no es exigible es que todos lo sean.

Este es el primer paso de una larga reflexión. Espero vuestras aportaciones.

Hoy existimos

noviembre 30, 2006

Hoy iniciamos un camino. Es un camino sin asfalto, sin mapas, digital. Los caminos digitales dan miedo, porque no nos vemos, no vemos los gestos, no vemos las miradas. No tenemos abrazos, ni miradas cómplices, ni nos sonreímos asintiendo. Tampoco nos empujamos, nos miramos amenazantes ni nos carcajeamos del débil. Aquí sólo hacemos camino de pensamientos, de ideas. Entonces, ¿qué somos al ser aquí? Somos lo más que podemos ser, argumentos. A partir de hoy comienza una lucha por el pensamiento, por el avance del pensar.

Ello no supone un progreso hacia una verdad inamovible y aburrida, más bien supone el derecho a equivocarnos una y otra vez para hacernos mejores. Finalmente nos volveremos a equivocar. Clemencia pues con todos, y empatía con lo que somos sin ser, porque podemos ser todo, o nada, pero nunca nadie, porque al escribir algo dejamos de ser nadie, aunque lo que hayamos escrito no sea nada, o sí lo sea.