Cinco tipejos han pegado una paliza a un inmigrante. Es algo normal. Ultimamente suenan agresiones de este tipo. Fuera de explicaciones genéticas (como que un 2% de la población tiene el gen de la violencia desmedida) existe algo que me preocupa. Foucault, un pensador que no me resulta de los más estimulantes, hablaba del saber bajo. Es un murmullo, un rumor, algo que se escucha con cierto esfuerzo. El saber bajo indica que el racismo aumenta en este territorio nuestro. Comentarios que antes no eran permitidos ahora campan por una malentendida libertad de expresión (pensemos en ciertas manifestaciones aprobadas). Muchos me criticarán de facha. Yo les apelaría a la imposibilidad de aceptar argumentos que suponen dañar, porque en caso contrario, si todo vale (que no es lo que dice Feyerabend), caemos en un relativismo ocioso, y divertido para los que se sienten protegidos y necesario para los que no quieren vivir bajo el constructo social. Pensemos si deseamos la segunda parte de la última proposición.
El racismo es violencia, y la violencia mola. Ciertos ámbitos la asimilan y la hacen suya, a cambio de no tener que pensar. Figuras como el hombre-masa (no orteguiano) o la banalidad del mal nos lleva a pensar de esta manera. Bien, ¿cómo enfrentarnos a la banda de anormales violentos?, ¿con violencia? Me remito a la disciplina criminológica, que no ha encontrado relación entre el aumento de las penas y la disminución de los delitos. La única opción es educar y acallar ese saber bajo hasta hacerlo intolerable. Una sociedad liberal pervive gracias a la capacidad del colectivo de hacer frente a lo intolerable (que no hemos de confundir con lo perverso o lo monstruoso a los efectos que nos ocupa). En este momento me viene a la cabeza el mal. ¿Qué es el mal? Dadle vueltas y me dais la respuesta. Un posible inicio de reflexión sería si está dentro o fuera de nosotros.